Por Carolina Scorce / MAB

“Quien mata la tierra, también nos mata a nosotros”: el grito de Berta Cáceres resuena más allá de las fronteras hondureñas. Foto: Comunicado de prensa.

Hija de Austra Berta Flores, comadrona y enfermera elegida alcaldesa de La Esperanza, gobernadora de Intibucá y diputada nacional de Honduras, la líder ambientalista e indígena Berta Cáceres creció rodeada de la fuerza de otras mujeres y de un sentido de responsabilidad comunitaria. Desde sus primeros pasos, reconoció que “la tierra es vida” y que defender el territorio significa defender la existencia de su propio pueblo como grupo étnico.

Maestra rural y activista estudiantil en la década de 1980, cuando Centroamérica bullía con golpes de Estado y guerrillas, Berta ayudó a fundar el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH) en 1993, a la edad de 22 años. La organización pronto se convertiría en el corazón de la resistencia Lenca contra los megaproyectos, la minería y las represas.

Esta confrontación directa con el avance del capital alcanzó su punto álgido con la presa hidroeléctrica de Agua Zarca, que amenazaba con embalsar el río Gualcarque, fuente de sustento para la comunidad y de su propia existencia, ya que es considerado sagrado por los Lenca. Junto a las comunidades, Berta hizo todo lo posible para proteger el río y a su pueblo. Ayudó a levantar barricadas, a organizar piquetes, a ocupar propiedades y a investigar documentos.

 La presión sobre las empresas y los financiadores era tan intensa que, en 2013, el gigante chino Sinohydro, principal financiador, abandonó el proyecto. En 2015, Berta fue galardonada con el Premio Goldman de Medio Ambiente, una especie de “Premio Nobel verde”. El precio fue alto. Entre las 33 denuncias oficiales por amenazas de muerte, Berta afirmó que la persecución se había convertido en algo habitual.

El Asesinato de Berta Cáceres

El 15 de julio de 2013, COPINH, liderado en ese momento por Berta, organizó una protesta contra la construcción de la presa hidroeléctrica en el río Gualcarque. Este río, situado en el oeste de Honduras, es considerado sagrado por la comunidad indígena Lenca, pero nadie de la empresa interesada en la construcción había consultado a la población. La empresa, Desarrollos Energéticos Sociedad Anónima (DESA), es propiedad y está controlada por una de las familias más poderosas de Honduras: los Atala Zablah. El ejército hondureño, a petición de DESA, protegía el lugar.

Durante la protesta, los soldados abrieron fuego contra los manifestantes y mataron a Tomás García. Casi tres años después, el 2 de marzo de 2016, unos hombres armados irrumpieron en la casa de Berta Cáceres y la asesinaron. A su muerte le siguió el asesinato, el 15 de marzo de 2016, de Nelson Noé García, también del COPINH. El 18 de octubre de 2016 tuvieron lugar los asesinatos de José Ángel Flores y Silmer Dionisio George, del Movimiento Unificado Campesino del Aguán (MUCA).

Tras el asesinato, COPINH y la familia Cáceres lanzaron una campaña conjunta para exigir justicia, con el apoyo de organizaciones de todo el mundo. A pesar de la enorme presión internacional, los investigadores hondureños se limitaron en ese momento a detener a los principales autores de los disparos y a algunos de sus instigadores inmediatos. El asesino de Berta y algunos de los responsables fueron condenados a penas de prisión de entre 30 y 50 años.

Sin embargo, las condenas no cerraron el caso. Ninguno de los autores intelectuales del crimen fue arrestado. Las pruebas presentadas ante el tribunal —incluidos registros telefónicos y conversaciones de WhatsApp— demuestran de manera bastante concluyente que estos asesinos (muchos de ellos veteranos del ejército hondureño) actuaron bajo las órdenes de los ejecutivos de DESA. Ninguno de los propietarios de la empresa, incluidos los miembros de la familia oligárquica Atala Zablah, que formaban parte de estos chats de WhatsApp, ha sido acusado de ningún delito.

En 2022, Roberto David Castillo Mejía fue condenado como coautor intelectual, por su papel como presidente de la empresa DESA. A pesar de las condenas, los activistas están presionando para que se celebren juicios contra la familia Atala Zablah (propietaria de DESA), acusada de haber dirigido la estructura criminal responsable del crimen.

 “El miedo no puede paralizarnos”

En el momento del asesinato de su madre, Bertha Zúniga, conocida cariñosamente por todos como Bertita, tenía 25 años y cursaba una maestría en México. La joven asumió el legado de lucha de su madre, interrumpió sus estudios y asumió la coordinación general del COPINH. A los 27 años, ya era reconocida como una de las voces más fuertes de la juventud indígena latinoamericana.

“El miedo no puede paralizarnos. Esta es una lucha por los derechos de un pueblo ancestral, pero también por la justicia para mi madre y por la reparación personal”, afirmó.

Bertha Zúñiga vive en La Esperanza, junto al río sagrado, y siempre tiene las maletas preparadas para viajar al extranjero. Foto: Comunicado de prensa

Bertita es una joven de mirada tierna y voz firme. Aprendió desde muy temprana edad que la vida en comunidad y la lucha política son inseparables, tanto como forma de vida como en el espacio donde se desarrolla esa vida. Al igual que ella misma es inseparable del río y la tierra que dan sentido a su trayectoria. Creció entre ríos y montañas, pancartas de protesta y el olor del gas lacrimógeno lanzado por la policía. Recuerda que su madre llevaba a los niños a las aldeas para que aprendieran a valorar la tierra y sus raíces. “Las amenazas eran tan frecuentes que acabamos encontrando normal vivir así. Vivir en el bosque y estar amenazados era igualmente normal para nosotros”, recuerda.

Hoy, Bertita dedica su tiempo a trabajar en la oficina del COPINH, visitar comunidades y viajar constantemente a Tegucigalpa, la capital de Honduras, donde da seguimiento a las demandas de justicia y las negociaciones políticas. Esta joven, una líder importante, trasciende las fronteras de su comunidad, su ciudad y su país, y asiste con frecuencia a eventos internacionales donde realiza una labor crucial al exigir responsabilidades a los financiadores del Norte Global por la apropiación de las tierras y los recursos naturales indígenas.

Nada de esto sería posible sin la compañía y los cuidados que le brinda y recibe de su abuela, Austra Berta Flores, ahora de 92 años. Bertita fue criada por su madre y la madre de su madre, y vivió con su matriarca durante 17 años. Hoy, ella cuida de su abuela, tiempo que insiste en dedicarle a la persona que ayudó a formarla.

“Estamos conectadas. Nunca dejo de estar con ella y de cuidarla. Al igual que siempre quiero estar aquí, en este rincón, en medio de este bosque, con esta gente. Si es necesario, hago las maletas con mucho gusto y me voy a las luchas que hay que librar en otros lugares. Porque si el capital y la violencia se organizan en todo el mundo, nuestra esperanza y nuestro trabajo también deben hacerlo”.

Sin embargo, su rutina está marcada por la inseguridad. “A pesar de algunos cambios en el gobierno actual, los problemas estructurales persisten y la violencia contra los defensores de la tierra continúa”, afirma. Denuncia una agresiva campaña de criminalización: más de 3200 publicaciones, algunas con imágenes falsas de su rostro ensangrentado, producidas con inteligencia artificial. “Incluso han divulgado información confidencial sobre mis medidas cautelares, obtenida de una institución estatal. Esto aumenta nuestra vulnerabilidad”.

La Lucha Internacional y Popular

Al frente del COPINH, Bertita amplió las luchas más allá de las fronteras hondureñas. En 2018, presentó una denuncia contra el Banco Neerlandés de Desarrollo (FMO), acusándolo de corresponsabilidad en el asesinato de su madre, ya que el banco financió a DESA incluso después de conocer las amenazas contra los Lenca.

Hasta la fecha, nueve personas han sido condenadas por el crimen, entre ellas ejecutivos de la empresa. Pero, para Bertha, estos avances solo se produjeron gracias a la presión internacional. “La justicia no vendrá de la voluntad de un Estado que persiguió a mi madre. Si no mantenemos la atención mundial, el caso puede quedar impune”.

Bertita mantiene vivo el recuerdo de su madre a través de una ética de trabajo transmitida por Bertha a toda la comunidad. Foto: Archivo personal.

Su presencia en foros internacionales tiene precisamente como objetivo evitar que caigan en el olvido. “Organizar movimientos populares a nivel internacional es un acto de esperanza. Los problemas a los que nos enfrentamos en Honduras son similares a los de muchas otras partes del mundo. Reunir, analizar y compartir estrategias es esencial, incluso sin una fórmula única”.

El Golpe de Estado en Honduras

La historia de las mujeres Cáceres y la lucha del pueblo Lenca se dramatiza a través del golpe de Estado en Honduras. El 28 de junio de 2009, el presidente Manuel Zelaya fue derrocado por los militares y enviado a Costa Rica, el mismo día en que tenía previsto celebrar una consulta popular para convocar una Convención Constitucional. Sus oponentes afirmaron que la iniciativa era un intento de buscar la reelección, prohibida por la Constitución. El Congreso, opuesto a Zelaya, declaró el “abandono del cargo” y nombró a Roberto Micheletti presidente interino.

El golpe fue ampliamente condenado por organizaciones internacionales —la ONU, la OEA y los gobiernos latinoamericanos—, pero nunca se revirtió. Las elecciones celebradas meses después, bajo una fuerte represión, llevaron al poder a Porfirio Lobo.

Las consecuencias fueron profundas: aumento de la violencia política, persecución de los movimientos sociales, censura de la prensa y asesinatos de líderes. El golpe de Estado abrió un ciclo de inestabilidad que aún hoy marca profundamente al país, con un alto índice de violencia. Años más tarde, Zelaya regresó al país y se convirtió en una figura política activa, mientras que su esposa, Xiomara Castro, fue elegida presidenta en 2022.

En 2009, Berta Cáceres reflexionó sobre los motivos que llevaron al golpe: “Porque a los ricos, a los oligarcas, a la extrema derecha —asesorados por la mafia de Miami, la contrarrevolución cubana y venezolana, que [también] asesoran a estos golpistas— lo que les preocupaba era la posibilidad de que el pueblo hondureño pudiera decidir sobre recursos estratégicos, como el agua, los bosques, la tierra; sobre nuestra soberanía, los derechos laborales, el salario mínimo, los derechos de las mujeres —para que se conviertan en derechos constitucionales— y la autodeterminación de los pueblos indígenas y negros. Tantas cosas con las que soñamos los hondureños: la posibilidad de tener un Estado y una sociedad inclusivos y democráticos, con equidad y participación directa. Los oligarcas golpistas lo saben todo. Por eso es un golpe de Estado. Y este golpe de Estado va en contra de todos los procesos de liberación de nuestro continente”.

Las Mujeres Cáceres como Ética de Trabajo

Bertita ve el legado de su madre en todos los espacios, tanto dentro como fuera del pueblo lenca. En las comunidades del COPINH, las historias de Berta Cáceres siguen contándose como fuente de inspiración. Su voz, como locutora de radio y líder, sigue resonando en las emisoras populares. Su lucha es visible en la fuerza de las mujeres indígenas, negras y campesinas, que desafían el patriarcado cada día.

“Mi madre transformó el COPINH en una escuela de lucha y ética laboral. Hoy en día, muchos jóvenes forman parte de la organización porque se sintieron conmovidos por su mensaje”. Un mensaje que llega a cientos de indígenas a través de la voz de Bertha, la locutora de radio.

Desafíos Globales

En el futuro inmediato, Bertha se está preparando para la IV Reunión Internacional de Afectados por Represas y la Crisis Climática y la Cumbre de los Pueblos, eventos paralelos a la COP30, que se celebrarán en Belém, en la Amazonía. Antes de eso, llevará a cabo actividades en Colombia, previo al viaje a Brasil. “Estoy empezando a hacer las maletas con antelación y me voy para allá”, bromea.

“La COP30 es una gran oportunidad para que la sociedad civil ejerza presión. Tenemos que denunciar el fracaso en la aplicación de medidas climáticas y las falsas soluciones medioambientales. Espero que Brasil tenga una voz fuerte, comprometida con los intereses de la población, como lo ha sido Colombia en relación con Palestina”, afirma Bertha.

Al hablar de la situación mundial, Bertha no oculta su preocupación: “Las instituciones de derechos humanos han perdido credibilidad al no responder a crisis como el genocidio en Palestina, pero creo que las situaciones críticas pueden provocar una mayor reacción social”.

Si Berta Cáceres, la madre, decía que “quien mata a la tierra, nos mata a nosotros también”, Bertha Zúniga, la hija, repite, con su propia voz, que el proyecto no es solo suyo: “Creo que sí, esta es la misión de mi vida. Pero no es solo mía. Es de mucha gente”.