Damaris Sánchez participa en el IV Encuentro Internacional de Afectados por Represas y la Crisis Climática, que se lleva a cabo del 7 al 12 de este mes en Brasil. Foto: Nívea Magno / MAB

Por Thiago Matos / MAB

Nacida y criada en la provincia de Chiriquí, región oeste de Panamá, Damaris Sánchez creció rodeada de montañas, bosques y ríos cristalinos. El territorio, conocido por sus fértiles suelos volcánicos y por albergar el punto más alto del país, el volcán Barú, fue el escenario de su infancia. La vida que le tocó vivir. Una época de descubrimientos, corriendo por los bosques y junto al río, agua ondulada por el viento, un espacio de aprendizaje, lucha y relajo.

“Soy hija de una familia de agricultores. Vivimos en una región muy productiva de Panamá, con suelos volcánicos; es la principal zona productora de vegetales que se consumen en el país. Sin embargo, esta zona se vio muy afectada por los cambios en el uso de la tierra —de la deforestación en pos de la agricultura—, principalmente a partir de la década de 1970, cuando hubo una gran expansión agrícola. Yo nací precisamente durante ese período.”

Este período también estuvo marcado por casos de vulnerabilidad climática. “Ya sufrimos varios eventos extremos de lluvias torrenciales que provocaron deslizamientos de tierra y desbordes de ríos, afectando  a las comunidades directamente. Como hija de agricultores, desde pequeña tengo una conexión muy fuerte con la tierra y el bosque. Mi lugar de ocio era el bosque, y el río siempre ha sido un vínculo muy importante para mí”, afirma Damaris.

Como en la historia de tantos otros niños de clase trabajadora, su familia siempre le señaló la educación como el camino a seguir. “Mi familia siempre valoró mucho la educación. Mi papá era un hombre sin estudios, bastante machista y muy protector, especialmente con sus hijas mujeres. No nos dejaba salir mucho, así que nuestros juegos y nuestro tiempo libre transcurrían entre hermanas, en el río y en la naturaleza. Mi madre tampoco había estudiado, pero cuando fuimos mayores, decidió terminar la primaria y continuar sus estudios. A mí me gustaba la biología, pero quería seguir estando cerca de mi familia”.

Esta conexión con la tierra fue también lo que la llevó al activismo. Formada en Programación Informática y Estadística, Damaris volvió a su comunidad después de la facultad en busca de un trabajo que le permitiera estar cerca de casa. Encontró su vocación en un proyecto ambiental centrado en la conservación del suelo y los bosques, y en prácticas agrícolas menos invasivas y más sostenibles: MISCONDE, en el distrito de Cerro Punta.

“Empecé a trabajar como asistente administrativa gracias a mis conocimientos de tecnología. Pero con el tiempo empecé a escuchar a los técnicos hablar con los agricultores sobre conservación del suelo, reducción del uso de pesticidas, agricultura ecológica y educación ambiental. Me apasionó el tema y poco a poco fui adquiriendo conocimientos, incluso sin formación específica en la materia. El proyecto terminó en 1996, y uno de sus objetivos era crear una organización local para dar continuidad a esta labor. Así nació Fundicep, formada por miembros de la propia comunidad. Aun sin ser técnicos en biología o agricultura, comenzamos a elaborar nuestros propios proyectos y a buscar apoyo de organizaciones nacionales e internacionales para iniciativas de conservación.”

La organización se creó oficialmente en 1998 y desde entonces Damaris ha permanecido involucrada. “Fue allí donde me acerqué más al activismo, porque no tenía sentido decirles a los niños que cuidaran el río y al mismo tiempo ver proyectos que estaban destruyendo el territorio y permanecer callada. A partir de eso comenzó mi activismo.”

En 2006, un desafío nuevo movilizó a la comunidad: impedir la construcción de una carretera dentro de un parque nacional. Durante la movilización, descubrieron otro problema latente: la instalación de represas en los ríos de la provincia de Chiriquí. Era necesario deshacerse de los malditos, como canta María Bethânia. “En aquella época, ni siquiera sabíamos bien qué era una hidroeléctrica. La gente empezó a venir a pedirnos ayuda. Tuvimos que estudiar y entender lo que estaba sucediendo”, relata Damaris.

En poco tiempo, se planificaron decenas de proyectos para un solo río. El gobierno planeaba destinar hasta 90% del agua a empresas, dejando apenas 10% para las comunidades y el ecosistema. La indignación se transformó en movimiento. “Empezamos a denunciar la violación del derecho al agua. Al principio, cada comunidad luchaba sola. Luego entendimos que el problema era nacional, no se trataba solo de un río, sino de un sistema”.

Así, en 2012, nació la Red Nacional de Defensa del Agua (RNDA), una articulación que une a las comunidades afectadas por represas en todo Panamá. La red defiende el uso comunitario del agua, y promueve la agroecología y la educación popular como instrumentos de soberanía.

Con el tiempo, la RNDA se convirtió en un referente latinoamericano en la lucha por el agua y la vida. “En 2015, logramos detener siete proyectos hidroeléctricos y revocar la ley de caudal ecológico. Fue una gran victoria”, recuerda Damaris. “Pero las amenazas no cesaron. Hoy nos enfrentamos a la minería, la privatización y la criminalización de las luchas sociales”.

Panamá, un país con más de 500 ríos, convive con una contradicción: abundancia de agua y su escasez para la población. “El principal consumidor de agua es el Canal de Panamá, que genera beneficios económicos pero no beneficia a las comunidades. Mientras que los edificios de lujo tienen agua a diario, hay pueblos que pasan semanas sin una gota”, denuncia Damaris.

Señala que las políticas del Estado favorecen a las corporaciones y marginan a quienes defienden el territorio. “Los gobiernos han creado normas que benefician a las corporaciones, y quienes protestan son criminalizados. Hemos visto a profesores despedidos, mujeres presas y perseguidas. Es un contexto de represión, pero también de gran valentía”.

Entre estas voces valientes se encuentran las mujeres. “Alrededor del 90% de las organizaciones sociales activas en Panamá están lideradas por mujeres. Somos nosotras las que estamos en las calles, con los tambores, con las voces más firmes. Pero también somos las más criminalizadas.”

Esta lucha conecta a Damaris con movimientos en otros países, como el Movimiento de Personas Afectadas por Represas (MAB) en Brasil. “Nuestra relación con el MAB comenzó desde los inicios de la red. Participamos en encuentros y vimos que los problemas son los mismos en toda América Latina: represas, minería, crisis climática. Pero también compartimos las mismas esperanzas: construir otros modelos de vida. Ésta es una lucha continental.”

Incluso ante la represión, Damaris apuesta por la juventud y la cultura como motores de resistencia. “Los jóvenes tienen mucha creatividad. En las últimas movilizaciones, la gente protestó cantando, tocando tambores, componiendo versos. Fue una resistencia alegre, en la que incluso participaron niños. Esa alegría es la fuerza que nos permite seguir adelante.”

Para ella, la lucha por el agua es también afectiva. “Cuando veo a gente de África, de América Latina, me doy cuenta de que, aunque no hablemos el mismo idioma, nos une la misma esperanza. Es un profundo sentimiento espiritual de pertenencia y fuerza colectiva.”

Antes de terminar la charla, Damaris deja un mensaje que resume el significado de su viaje:

“Los problemas persistirán, pero en la resistencia reside la voluntad de cambio. Podemos conquistar más corazones y sumar más personas a la lucha. Aunque la vida sea difícil, con tantas preocupaciones, debemos entender que luchar por el planeta es luchar por nuestra casa compartida. Si no lo hacemos, ¿qué les dejaremos a los hijos? Debemos luchar y resistir.”