Las mujeres afectadas de los cinco continentes reafirman su protagonismo en la lucha popular

Mujeres. Afectadas por el modelo capitalista, racista, patriarcal, machista y homófobo. Que luchan día a día para garantizar la continuidad de la vida frente a tantas crisis. Mujeres asesinadas por ser quienes son. Asesinadas por sus parejas, por capataces, por mandantes sin identidad. Con vidas segadas por defender su hogar, su territorio, su derecho a la alimentación, al agua y a una vida plena.
Nilce de Souza Magalhães, Marielle Franco, Mãe Gilda de Ogum, Dilma Ferreira Silva, Debora Moraes, Flávia Amboss, Bertha Cáceres, Diana Carolina Rodríguez Madrigal. Fue el recuerdo de las compañeras que libraron diversas batallas en la construcción de otro mundo lo que inspiró a las mujeres a clamar por respeto, libertad y un futuro justo la noche del sábado (8) en el IV Encuentro Internacional de Comunidades Afectadas por Reresas y Crisis Climática.
Desde la periferia hasta el campo, ellas lideran las agendas por los derechos, la tierra y la vivienda en todo el mundo, y cada una en su realidad —ya sea en África, Asia, Oceanía, Europa o Sudamérica— protagonizan la lucha popular y garantizan la organización de otras compañeras en defensa del agua, la vida y sus territorios.
Desde la cuna de la humanidad, un grito por la tierra

Euxabuce Awuonda, de la Marcha Mundial de las Mujeres, vino desde Kenia y comenzó su exposición con una advertencia: «Debo decir que las mujeres constituyen el 70 % de la población de África y solo el 20 % de ellas tiene acceso a la tierra». Esta exclusión, en un continente donde la mujer es históricamente la guardiana de la tierra y la agricultura, constituye una violencia generalizada. «La tierra es un derecho fundamental, que necesitamos para producir alimentos para nosotras y nuestras familias. No es posible no hablar y no luchar por ello», afirmó Euxabuce.
Durante su intervención, la keniana explicó que, a pesar de ser las principales trabajadoras de la tierra, las mujeres africanas a menudo se enfrentan a grandes obstáculos para poseerla legalmente. Los sistemas tradicionales de herencia e incluso las leyes modernas, en muchos casos, privilegian a los hombres. Por eso, la lucha por el derecho a la tierra y a la herencia es una de las banderas más importantes de las mujeres del continente, que reconocen que este sistema favorece al capital y luchan por romper estos ciclos de dependencia. «El capitalismo también se aprovecha de esta situación, porque impide que las mujeres tengan su espacio, cultiven, cosechen y avancen», señaló.
Euxabuce destacó que el movimiento tiene un papel fundamental en la organización de estas mujeres, informándolas sobre sus derechos y organizándolas en grupos para hacer frente a los problemas que reconocen en sus territorios.
«Las invitamos a hablar sobre sus situaciones, especialmente aquellas que enfrentan sequías e inundaciones, señales de la crisis climática. A partir de ahí, las mujeres buscan alternativas de energía, producción y educación. Las mujeres africanas deben levantarse y saber que tienen derechos», declaró.
Con una petición a los delegados, Euxabuce Awuonda concluyó su intervención: «No esperemos hasta el V Encuentro para hacer algo. Tenemos que hacerlo ahora, algo que realmente pueda cambiar vidas».
Resistencia en el Gran Continente Azul

Desde una pequeña isla de Oceanía, Moñeka Dioro trajo una canción que celebra la fuerza de las mujeres que protegen a los hombres en cada travesía. Originaria de las Islas Marianas, en este IV Encuentro Internacional forma parte de la pequeña delegación de Oceanía, a la que ella llama el «gran continente azul». En medio de las más de 10.000 islas repartidas por el océano Pacífico, describió cómo los pueblos del mar han vivido la crisis climática: «¡Nuestras islas están siendo engullidas por el capitalismo! Sufrimos frecuentes inundaciones causadas por la subida del nivel del mar».
Para Moñeka, son precisamente las poblaciones afectadas de estas islas las que deben compartir sus experiencias y conocimientos en la búsqueda de soluciones. «Somos los primeros en la primera línea de combate contra la crisis climática. Mi isla fue colonizada hace 450 años y conquistó su libertad hace muy poco tiempo, pero es rica por tener un pueblo que resiste, especialmente nuestras mujeres», afirmó.
La revolución de las mujeres kurdas

Kurdistán, una nación sin Estado cuyo territorio está dividido entre Turquía, Siria, Irán e Irak, es escenario de una de las experiencias más radicales e inspiradoras de organización social de nuestro tiempo. La lucha de este pueblo, dueño de una identidad, cultura y lengua propias, va más allá de la búsqueda de la autonomía territorial: es un proyecto de sociedad revolucionario, que sitúa la liberación de las mujeres en su centro.
«En el atlas capitalista, Kurdistán puede que ni siquiera aparezca», advirtió la militante kurda Sermin Gueven. En su discurso, detalló la batalla de las mujeres por superar el patriarcado y denunció el ecocidio y el genocidio promovidos por grandes proyectos imperialistas, como la construcción de presas. «Sin embargo, ningún idioma, ninguna presa, ningún sistema colonial nos detendrá en nuestra lucha. Porque nosotras, las mujeres, nos conectamos como los ríos, desde los más pequeños hasta los más grandes. Cuando nos unimos, somos muy grandes y nada puede contenernos», declaró.
Sermin reforzó que uno de los pilares fundamentales del movimiento kurdo es la ecología social, que defiende una relación de armonía, y no de explotación, con la Madre Tierra, vista no como un recurso, sino como una comunidad de la que la humanidad es parte integrante.
Al final, con la fuerza que marcó todo su discurso, Sermin Gueven gritó por las mujeres, por la vida y por la libertad, y concluyó: «No se trata solo del pasado, ni del presente, sino también del futuro. Estamos dispuestas a luchar juntas, nunca por el lucro, sino por nuestro pueblo».
El camino es poner la vida en el centro

La brasileña Natália Lobo, de la Marcha Mundial de las Mujeres, cerró la noche con una advertencia crucial: hablar de feminismo no garantiza, por sí solo, la construcción de una lucha capaz de transformar la vida de las mujeres. El cambio real, según ella, proviene de la organización colectiva.
«Lo que realmente cambia la vida de las mujeres es la organización colectiva, no solo entre ellas, sino también junto a los hombres, para llevar a cabo sus luchas en todos los espacios», afirmó.
Natália presentó los principios de la economía feminista, una perspectiva que sitúa la sostenibilidad de la vida —y no el lucro— en el centro del proyecto político. «Poner la vida de las personas en el centro significa también evaluar lo que sustenta esa vida, que hoy en día es el trabajo de las mujeres, a menudo invisible. Pero este trabajo no puede recaer solo en las mujeres; también debe recaer en los hombres y, sobre todo, en el Estado», denunció.
Ella reforzó la urgencia de reconocer que el cambio climático afecta especialmente a las mujeres, repercutiendo en la soberanía alimentaria, aumentando la sobrecarga de trabajo y agravando la violencia y la violación de derechos. Para Natália, la respuesta ya existe en la práctica de las mujeres. «En nuestra organización y en nuestra rutina tenemos las soluciones a los problemas que debatimos. El reto es luchar para poner en práctica estas soluciones a nivel global».
